martes, 30 de septiembre de 2014

Para bajar a un pozo de estrellas. Souto (1983)

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Elementos necesarios:
Un espejo; un sitio descubierto (puede ser una azotea); una noche oscura y estrellada.

Instrucciones:

1. Se toma el espejo y se sube a la azotea.
2. Se pone el espejo boca arriba.
3. Se tiende uno al lado del espejo.
4. Se acerca la cabeza al espejo, pero no demasiado: sólo lo suficiente para ver las estrellas allá al fondo.
5. Se mira con atención la más cercana, hasta poder calcular con exactitud a qué distancia está; luego se cierran los ojos.
6. Se lleva despacio un pie hacia la estrella: después de tocarla hay que asegurarse de que se ha asentado bien el pie.
7. Asiéndose con una mano del borde del pozo, se busca con el otro pie una nueva estrella, y se la pisa con firmeza.
8. Se busca con la mano libre otra estrella, y se la encierra con la palma.
9. Se suelta entonces la boca del pozo y se busca con la otra mano una estrella más. Al encontrarla y sujetarla, se mueve el pie que había pisado la primera. Así, descolgándose de estrella en estrella, se continúa hasta llegar al fondo del pozo.
10. Para salir del pozo se tapa el espejo con la mano y se abren los ojos.


lunes, 15 de septiembre de 2014



Simplemente no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un “saber volver”. No lo querré acaso.

Alejandra, tus palabras dicen lo que mi boca no confiesa.
No supiste volver.

lunes, 25 de agosto de 2014

Carta a Guido Carlotto


Encontraste a tu abuela, Guido, en agosto, entre las leyes de la herencia que estuvieron perdidas. Azucarado sos y la encontraste, un locus dio el oculto nido de tu estirpe y hoy sos: nieto. Nieto como yo, estamos iguales. Mi abuela era como la tuya pero su lucha de lentejas me la llevó hace unos años, desde entonces la busco, busco su labor de miel. Encontraste a tu abuela, Guido, por los fragmentos iguales de ADN, porque unos racimos de mitocondrias dieron pie a raíces ansiosas que te volvieron nieto de repente, por la primera y segunda ley de Mendel y porque tuviste ganas, Guido, ganas. Mi abuela no era de la plaza de mayo (aunque la conocía pues mi madre la llevó varias veces) pero, al igual que la tuya, era milagrosa, podía convertir el corazón, sostener misterios, perdurar, pasar guerras interiores, hasta que la vida volvía a darle brillo a sus ojos opalinos. Una enzima, Guido, una proteína menos y ya no eras, pero fuiste, sos, habitas la secuencia de bases necesarias para llamarte Carlotto, un ofrecimiento que la ciencia te dio cerca del fuego, tocando lirios, entre escasos delantales que le habrán quedado a doña Estela ´por dejar los pucheros y salir a buscarte durante 37 años. Guido, sos una gameta de ella, el cromosoma que canta lindo y derrite el hielo de la búsqueda, y desentierra duraznos y caminitos. También sos el ciento catorce, mira cuántas palabras hoy te nombran, qué ponchada de predicados te ligaste. Quería escribirte una carta para contarte que soy nieta también de unos abuelos que me hacían mariposa y me colmaban de porrones mínimos de néctar, para amortiguar cada segundo del existir. Porque es re difícil existir, Guido, pero el índice de abuelidad prende los párpados, abre el plumaje, hace que los pianos toquen solos, baladas de hace mucho; y los alelos tuyos dan la pauta que cerca del rocío vienen plantas en serio, que, en espirales blancas, las luciérnagas del próximo verano te alumbrarán la mallita de los siete años que imaginó tu abuela tantas veces. Guido, encontraste tu sangre porque un tal Fred Allen (director del Blood Center de Nueva York) ayudó al genetista Penchaszadeh, y, entre valentía, glóbulos y deseo, descubrieron el oro nuevamente. Hoy tu marca es, en el equipo argentino de antropología genética, como aquél gol de Maradona a los ingleses, Guido, la filiación, la herencia y tus canciones. Tres gotas heladas nacieron de un huevo, tres gotas de sangre, tres gotas de padre, tres gotas cavaron la tierra y los abuelos volvieron a ocupar un lugar en la casa. Ella venía en puntas de pie a ponerme la bolsa de agua caliente, yo la escuchaba pero me hacía la dormida para que me cuidara mas todavía, cuidaba que no me despertara, que es (creo) el mayúsculo cuidado que humano puede hacerle a otro, velar su sueño, hacer que no se escape hacia las ruinas de una madrugada. Mientras la tuya esperaba el complejo mayor de histocompatibilidad leí varias veces lo que te escribía a los 18, a los 30, e iba soñando la jalea en la que te estaría pensando ella mientras vos andabas creciendo o creyendo, ahora sé que en el campo. Ella le decía al viento que le diera coraje, y el mundo la esperó con traje de organdí, porque es cierto que pudo morirse sin verte pero viste que tiene como pinta de gacela? De ese hermoso animal de los bosques cuya elegancia hace imposible la muerte. La mía era una manzana, una petisa labradora, tan preciosa y tan entrecortada que, en espejo, la veo con la tuya, y nos veo a nosotros dos diplomados, doctorados en prórrogas, pero llenos de flores. Guido, encontraste a tu abuela de la plaza, porque los abuelos, todos, son de la plaza, y la hamaca aterciopelada de los años; te fuiste por la enredadera de la vida y en el meristema apical diste con ella que es mucho más que un marcador genético. Ella es un chupetín, guardaba un chupetín envuelto en Adenina, Timina, Citosina, Aníbal Troilo y Carlos Gardel. Quizás vivió a los gritos sordos avalando el proyecto Genoma humano, dando alaridos a la luna de los nietos, que sale ciertos días en los inviernos del sur. Encontraste a tu abuela de la multitud, a la mía también, a la verdad entreabierta. Te bautizó un helecho, un zorro salvaje, te vino la idea y tu sangre al minuto. Que suerte para mí, que tuve una, que me llevó en trineo cuando no había muerte ni salario, ni la mosquita de la fruta que investigara nada. Yo no estuve cuando la mía se fue, le quedaba un minuto, tres centímetros cúbicos de oxígeno, los últimos tres y yo no estuve. Murió en Calamuchita que tanto le gustaba. Pero estuve cuando nació la tuya, Guido. Y todo, y todo todo volvió a tener sentido.

N de la R: Este texto fue publicado en el muro de Bea Suárez en Facebook y le llegó a Ignacio Guido. Después de leerlo, le contestó a la autora con mucho cariño. "Todos somos simples poetas. Cuesta aceptarlo, pero todos somos eso", escribió. Y mandó saludos al Fander(mole).

Contratapa Página/12 - Rosario/12 Dom 24 de Agosto

viernes, 20 de junio de 2014

Literatura y Felicidad



La literatura está cargada de fatalidad y de tristeza. ¿Por qué? La vida no es siempre fea. Lo que pasa es que, en el fondo, la literatura es un conjuro contra la infelici­dad y la desdicha. La gente quiere ser feliz. Pero la feli­cidad no hay que escribirla: hay que vivirla. O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder. Por eso es tan difícil escribir una buena historia feliz. La historia de amor más hermosa que se ha escrito es Romeo y Julieta. Pero es una catástrofe. Ella tiene catorce años y él dieciocho, y terminan suicidán­dose. Qué linda historia de amor. Uno confunde la felici­dad con las felicidades, con ciertos momentos transito­rios de dicha o alegría. La felicidad absoluta no existe, y uno escribe, justamente, porque la felicidad no existe. Existen pequeños instantes de felicidad, o alegrías fugaces, que, si se consigue perfeccionarlos en la memo­ria, pueden ayudar a vivir durante muchísimos años. La literatura también es un intento de eternizar esos momentos.

(Abelardo, en Ser Escritor)

martes, 17 de junio de 2014

Setenta y Noventa.

Feinman, José Pablo: Dos universos. Dos destinos: una polémica. Articulo periodístico publicado en Página 30, año 6 nro. 72, 1996

Ustedes, perejiles de los noventa, a callarse y a escuchar . Voy hablarles de nosotros, a contarles nuestra historia , y ya este hecho -que tenga una historia para contarles- marca la primera y decisiva diferencia entre ustedes y los que habitamos el paisaje tumultuoso de los setenta: nosotros tenemos una historia, ustedes no. No la tienen ni la van a tener. Ustedes habitan el territorio gris de las historias ya resueltas, terminadas, el territorio gris de la derrota. Es decir, ustedes, perejiles de los noventa, ni siquiera tienen una época histórica propia. Viven una modalidad de nuestra propia historia: la modalidad de la derrota.

Habitan aquí, perejiles. viven aquí, en la etapa más gris y más triste de nuestra maravillosa historia. Este mundo desencantado que creen propio es también nuestro. Ustedes son lo que hoy son porque nosotros perdimos. El mundo de hoy es el de la derrota y la derrota también es nuestra. Nosotros habitamos una América latina heroica. El Che, para nosotros , no era un póster inofensivo, era un proyecto revolucionario, una imagen que convocaba a transformar el mundo. no a decorar nuestra habitación en la casa de papá y mamá. La palabra utopía no existía en nuestra época . (Sépanlo: siempre que digo nuestra época me refiero a los setenta. Fue nuestra época, fue la mejor y ninguna podrá superarla).

Utopía es una palabra maricona inventada por los liberales. Ahora se puso de moda y la usan hasta los nuestros. Pero seamos claros: nosotros, en los setenta, hablábamos de proyectos revolucionaros. Y les decíamos utópicos a los que eran un poco huevones, algo pelotudos. por decirlo así. Inofensivos soñadores.
Nosotros podíamos ser cualquier cosa, pero no inofensivos. Nosotros nacimos para cambiar el mundo. (Ustedes - aparte de no saber para qué mierda nacieron- sólo pueden padecer el mundo: Sufrirlo o gozarlo.
Cambiar nunca. Confiesen : ¿No es horrible vivir con el escuálido sentimiento de no poder hacer nada, de tener que aceptarlo todo, de apenas sentirse vivos o piolas o lúcidos cuando nos putean a nosotros? Hasta eso les damos, perejiles de los noventa: un motivo para enojarse. Porque digan la verdad: si no nos putearan a nosotros. ¿a quién putearían?)

Nosotros -sigo- habitábamos un mundo que se nos ofrecía, que nos abría las piemas como una mina generosa. Miren, los yanquis se hacían mierda en Vietnam. ¿Conclusión? El imperialismo agonizaba. Mao estaba en China. Castro en Cuba. Y Perón queria volver. ¿De qué se rien? Si, huevones: Perón. Nosotros tuvimos todos los Perones. Ustedes ninguno. Créanme, una de las cosas que más me apena de ustedes es que nunca van a sentir lo que uno sentía cuando un cabecita, un obrero o un militante revolucionario decía: Perón vuelve. Claro, ustedes no nos entienden porque no pueden entendernos. ¿Cómo carajo van a entender lo que significaba decir Perón vuelve en 1972 ? Perón era una imagen de nuestra infancia, era el centro del odio de los gorilazos de nuestros viejos , era lo infamado, lo prohibido. ¿Ustedes qué saben de lo prohibido? Cada vez que les quieren prohibir alqo todo el mundo empieza a decir cosas de la democracia y la libertad de expresión y, al final, no les prohiben nada. Pero a nosotros si, perejiles. A nosotros nos prohibian todo: los libros, las películas votar, las manifestaciones y... a Perón.

¿Alguna vez escucharon esa frase: el sabor de lo prohibido? Bueno, para nosotros Perón era eso: lo prohibido. Desde que teníamos conciencia escuchábamos que iba a volver en un avión negro. Negro, es decir: maldito, prohibido, negado. ¿Ustedes saben lo que es crecer en un país en el que no se puede decir Perón? Decías Perón, ibas en cana. Ahora ustedes suben a un taxi y dicen: "Vay a Perón y Riobarnba". Y lo dicen así nomás, sin drama, tranquilos: "Perón y Riobamba". Yo escucho "Perón" y se me arma un despelote emocional. Escucho "Perón" y veo el bombardeo a Plaza de Mayo, los fusilamientos del '56, Operación Masacre, Walsh, el Cordobazo , los curas del Tercer Mundo, Trelew, Ezeiza, la Triple A y toda, toda la película. Ustedes no: "Perón y Riobamba". A veces, en serio, subo a un taxi y los maneja uno de ustedes, un flaco melenudo con Fito en la radio. Le digo adonde voy y me dice: "Eso queda por Perón al setecientos".. ¿Qua es Perón al setecientos? Me enfurezco y le digo : "Perón al Poder, boludo. No al setecientos". El flaco me mira como a un marciano. Es así, ustedes no entienden nada.

Sé que algunos - ahora que se les da por atrevérsenos- andan diciendo: "Y si eran tan maravillosos. ¿por qué les fue tan mal?. Por eso. perejiles: porque éramos maravillosos. Y porque nuestra derrota es parte de nuestra excepcionalidad. Que quede claro: nosotros nos metimos con el poder. Que quede claro: nadie fue tan agresivo con el Poder como nosotros. Amasijamos generales, canas, empresarios . Ahora los canas los amasijan a ustedes y cuando salen a protestar los cagan a palos. ¿Vieron que es jodido meterse con el Poder? En serio. les tengo lástima. Es verdad. les quitamos todo porque no les dejamos nada. Porque todo lo hicimos nosotros. Porque todo es nuestro. Porque es nuestro el heroísmo, la generosidad, la entrega, los ideales y el martirio. Ya nadie va a combatir en este país como combatimos nosotros. Ya nadie va a sufrir como sufrimos nosotros . Valió la pena.

domingo, 1 de junio de 2014




“Dónde estarás, dónde estaremos desde hoy, dos puntos en un universo inexplicable, cerca o lejos, dos puntos que crean una línea, dos puntos que se alejan y se acercan arbitrariamente…”

Rayuela

jueves, 22 de mayo de 2014

¿Para qué ir tan lejos a develar misterios si lo más cercano –yo mismo por ejemplo- es igualmente enigmático?

“Observé largamente mis pies esta noche y me parecieron más misteriosos que el universo entero. Con ellos, hace algunos años, anduve caminando durante dos horas y cincuenta y cuatro minutos por el suelo polvoriento de la luna.

Lo que pasa es que allá arriba las sospechas se vuelven, de una vez por todas, evidencia. Cualquiera sabe que el universo es un fenómeno casual que, aunque desde nuestro punto de vista parezca estable, en lo absoluto no es más que un torbellino incandescente y efímero, de modo que allá arriba no es en ese sentido que la evidencia se presenta. Caminando por la semipenumbra polvorienta y estéril, si algo aprendí no fue sobre la luna sino sobre mí mismo. Supe que si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, adonde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Es más: nosotros somos ese límite.

Y, si vamos a Marte o a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna, no cambiarán en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia. No cabe duda de que sabemos un poco más de nosotros mismos cuando, dejando nuestro pueblo natal, vamos a una gran ciudad y después a otro continente, donde los hombres son un poco diferentes de nosotros, por sus rasgos exteriores, su religión, sus costumbres, pero ese poco más que sabemos no modifica para nada la cantidad de nuestro saber, en relación con lo que ignorábamos. De modo que el provecho científico de nuestras expediciones es más bien escaso. Que quede claro: como todas las otras, la conquista del espacio es principalmente obra de comerciantes y guerreros y sus aspectos científicos son puramente logísticos y pragmáticos. Si hubiese hombres en la luna, como los había en África o América, los reduciríamos a la esclavitud o acabaríamos con ellos. Si los hombres fuesen mejores, tal vez hubiese valido la pena ir a la luna.

El fragmento de mundo que hollábamos, Brown y yo, igual que la tierra paciente que nuestra especie había desfigurado con sus pasos, dejaba intacto el infinito. Saber algo sobre la luna: tal era nuestra ilusión, ya que confundíamos experiencia y conocimiento. ¿Para qué ir tan lejos a develar misterios si lo más cercano –yo mismo por ejemplo- es igualmente enigmático? La yema de los dedos y la luna son igualmente misteriosas, pero los cinco sentidos son más inexplicables que la totalidad de la materia ígnea, pétrea o gaseosa, de modo que excavar la luna, sondear el sol o visitar Saturno, como han dado en llamar caprichosamente a esos objetos sin nombre apropiado y sin razón de ser, no resolverá nada.

Tales son mis pensamientos tenues cuando me paseo por las calles, tan polvorientas como las de la luna, pero en las que mis huellas se desvanecen, fugitivas, casi en el mismo momento en que las imprimo, en mi pueblo natal. La vejez y lo que sigue me ha dado cita para uno de estos días en alguna de sus esquinas desiertas. Es inconcebible que la luna exista, casi tanto como que exista yo. Que haya un universo es por cierto misterioso, pero que yo esté caminando esta noche de primavera en la penumbra apacible de los árboles lo es todavía más. Así como ver la esfera azul desde la luna permitía poseer un punto de vista suplementario pero no volvía las cosas más claras, haber estado en la luna no me reveló nada nuevo sobre ella y, a decir verdad, me gusta más verla desde aquí, redonda, brillante y amarilla. Allá arriba, la proximidad no mejoraba mi conocimiento, sino que la volvía todavía más extraña y lejana.

Desde acá sigue siendo un enigma, pero un enigma familiar como el de mis pies, de los que no podría asegurar si existen o no, o como el enigma de que haya plantas por ejemplo, de que haya una planta a la que le dicen ligustro y que, cuando florece, despida ese olor y que, cuando se la huele, es el universo entero lo que se huele, la flor presente del ligustro, las flores ya marchitas desde tiempos inmemoriales y las infinitas por venir, pero también las constelaciones más lejanas, activas o extintas hace millones de años atrás, todo, el instante y la eternidad. Y, sobre todo que, gracias a ese olor, por alguna insondable asociación, mi vida entera se haga presente también, múltiple y colorida, en lo que me han enseñado a llamar mi memoria, ahora en que al pasar junto a un cerco, en la oscuridad tibia, fugaz, lo siento.”

Fragmento de Ligustros en flor, Juan José Saer en Lugar (2000)

lunes, 12 de mayo de 2014

Comunidad

"Somos cinco amigos; cierta vez salimos uno detrás del otro de una casa; primero vino uno y se puso junto a la entrada; luego vino, o mejor dicho, se deslizó tan ligeramente como se desliza una bolita de mercurio, el segundo, y se puso no lejos del primero; luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Finalmente todos estábamos de pie en una línea. La gente se fijó en nosotros y señalándonos decía: los cinco acaban de salir de esa casa. Desde entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un sexto no viniera siempre a entremeterse. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que ya es bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí donde no se lo quiere? No lo conocemos y no queremos aceptarlo con nosotros. Nosotros cinco, en verdad, tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero lo que es posible y admitido entre nosotros cinco es imposible e inadmisible en ese sexto. Además somos cinco y no queremos ser seis. Por otra parte, qué sentido puede tener esta convivencia permanente, si entre nosotros cinco tampoco tiene sentido, pero nosotros ya estamos juntos y seguimos estándolo, pero no queremos una nueva unión, precisamente en razón de nuestras experiencias. Pero ¿cómo enseñar todo esto al sexto, puesto que largas explicaciones implicarían ya una aceptación en nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no aceptarlo. Por mucho que frunza los labios, lo alejamos empujándolo con el codo, pero por más que lo hagamos, vuelve siempre otra vez."

Franz Kafka 

aferrados el uno al otro como dos ínfimas cosas que buscan sumarse


(...) la cabeza cargada de ternura, pienso en el mundo vasto, en el andar de las cosas aparentemente inertes, en las masas enormes de agua trabajando en formar y deformar continentes, en el mundo millonario de vidas que nada saben de su objeto. Y gozo infinitamente de sentirnos pequeños, sin importancia, desprendidos de la estúpida pretensión del hombre vano, valiendo sólo por nosotros aferrados el uno al otro como dos ínfimas cosas que buscan sumarse, anhelando un más allá.

Única misión, en verdad, para los que pasamos tan pronto y sin saber para qué. Llegar al absoluto olvido, que es como morir ejerciendo la vida. Ser atracción inevitable y luego despertar, ansiosamente consciente de su carne mortal y pensamiento inútil para balbucir de impotencia mil gestos aproximativos.

(Fragmento Xaimaca, Ricardo Gúiraldes, 1923)

martes, 22 de abril de 2014

Donde termina tu cuerpo y empieza el cielo, no cabe ni un rayo de luz.


Tengo los ojos secos, no se me caen los mocos, pero estoy llorando desde que te diste la vuelta ese martes en la puerta de tu casa, después del beso apurado como tantos otros besos apurados tuyos, quise darte un abrazo fuerte y casi meterte adentro mío pero no lo podrías sentir del todo por que estabas apurado, pensando en como poder apurarte más para darte la vuelta. Con enojo. Con silencio. Yo pensaba en qué beso de mierda, no por que tus besos lo sean, si no por que era el último. Dejarte. Dejarnos todo el tiempo. Y no. Y estar y no estar. Dí cuenta de que es la primera vez que siento lo que es realmente extrañar. Es mi primera vez. Te extraño. Que si se destapas al dormir, que si tenes frío, que si fumas mucho, que te hace mal, si hay otras cosas que te hacen mal, si necesitas un abrazo y un beso y nadie te lo da, o sí, y ahí morirme de rabia de no ser yo quien te lo de, de no presenciar todo tu ritual de mañanas: radio, mate y apuro. De extrañar hasta el cansancio tu chocolatada tu cama en invierno llena de abrazos, motonetas y cosquillas de bigote. 
Hoy estoy triste, enojada, que por qué carajo las personas entran y salen de la vida de uno, y hay que andar quedándose o yéndose, riendo y llorando, y cuando te toca llorar ahí te quiero ver, qué bajón. Que tristeza y qué lástima. Qué pava. Y vos todo tan lindo, tan atento y caballero, me haces tan feliz y tanto bien. Haría fiaca cinco siglos con vos. Cuando nos lamentábamos no haber nacido burgueses, y que no queríamos ir a trabajar, que trabajar nos separaba, nos sacaba de ese tiempo y ese paraíso que recreábamos con chocolates y libros. A veces un cuento de Poe, a veces un canto de la Odisea. Episodios de Alicia en el país. Gemidos y orgasmos. Apareciste en mi joven vida, cantando tangos y diciéndome bicho canasto. Cómo no me voy a morir del amor, boboncho, si sos tan fanático del matecocido con leche y mucha azúcar como yo. Y que sea de colador, nada de saquito. Ahora me voy sin quedarme, me voy como quien se va, pero de tu ciudad. Estamos juntos. Cerca. Muy cerca. Pero te voy a esperar por mucho tiempo, como te esperaba antes de que me vinieras a decir con las manos en los bolsillos de una campera color negro y cara de tonto tímido, que me veías pasar por calle Corrientes, veranos e inviernos. Que compraba bizcochitos 9 de oro, me dijiste. Que compraba leche un domingo a la mañana. Que siempre me mirabas la espalda por que te gustaba. En la época en la que yo no dormía y empece a dormir con vos. De saber que nos dormíamos hablando, que a fuerza de empujones te tenía que enviar al mundo de los no-roncadores. En la que sólo conciliaba el sueño si me abrazabas. Cuando no sabía que me gustaban tanto los abrazos y los besos. Que me diste un millón de besos en la espalda después. Con la que casi te llegaste a obsesionar. 
Ahora camino y te busco, con la emoción de saber que te voy a cruzar en alguna calle. Y al mismo tiempo con el miedo de encontrarte. De que existís más allá de mí. Que sos real. De que existís, vas todos los días a ese trabajo que más de un día a la semana no bancas, que vas a clase de inglés y haces la tarea con dedicación de niño ñoño, que vas a remar, con lo que te gusta, te escapas al río a dejar que se hagan agua con ese agua todos tus tormentos, que haces todas esas cosas que yo no presencio. Y hablando de tu existencia, que fuerte, me hiciste sentir no haber nacido más de una vez, que aún así me hiciste un lugar en tu patio y en tus días de ventanas abiertas y chamamé, y de tus noches de lluvia y poesía. 
¿Que si te extraño? Sí, mucho. Todos los minutos del día. Sonrío estúpida. Enamorada. Te quiero.

martes, 15 de abril de 2014




55 



Un amor más allá del amor 

por encima del rito del vínculo, 

más allá del juego siniestro 

de la soledad y la compañía. 



Un amor que no necesite regreso, 

pero tampoco partida. 

Un amor no sometido 

a los fogonazos de ir y de volver, 

de estar despiertos o dormidos, 

de llamar o callar. 



Un amor para estar juntos 

o para no estarlo, 

pero también para todas las posiciones intermedias. 



Un amor como abrir los ojos. 

Y quizás también como cerrarlos.

Roberto Juarroz

jueves, 27 de febrero de 2014

¡De qué desastre me salvé!



Algunas cosas siempre vuelvo a repetir.

Es así.

martes, 28 de enero de 2014



Tenías la voz oscura, alargada en un canturreo. Cierto, dije, la originalidad. Me mirabas. Que la originalidad se la regalo a los que no tienen otra cosa. Dijiste que no era para tanto y dejaste de sonreír. Después no sé. Una de esas conversaciones caóticas y disparatadas que son como tanteos o señales luminosas emitidas en la oscuridad por dos que se buscan, cuando uno ya siente que se orienta hacia el otro, que se aproxima hacia el centro de la otra incógnita, una especie de juego en que la carta mágica puede aparecer en cualquier momento y hay que estar muy alerta. Una palabra aparentemente casual o un gesto imperceptible, pequeños datos que luego se utilizarán para insistir en esa dirección o para cambiar de rumbo.

(Fragmento Cap I, Primera Parte, Crónica de un iniciado, Abelardo Castillo)


La trama y el desenlace









Dos paseantes distraídos han conseguido que el reloj de arena de la pena pare, que se despedace. Y así seguir que el rumbo que el viento trace. Ir y venir, seguir y guiar, dar y tener, entrar y salir de fase.

Amar la trama más que al desenlace.

Piano de Solo, Nicarra Panor



Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia, 
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso; 
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan: 
No son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo; 
Ya que nosotros mismos no somos más que seres 
(Como el Dios mismo no es otra cosa que Dios) 
Ya que no hablamos para ser escuchados 
Sino para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que lo producen; 
Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos 
En el jardín que bosteza y que llena de aire, 
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir 
Para poder resucitar después tranquilamente 
Cuando se ha usado en exceso de la mujer; 
Ya que también existe un cielo en el infierno, 
Dejad que yo también haga algunas cosas: 
Yo quiero hacer un ruido con los pies 
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.

jueves, 9 de enero de 2014

Ni párrafos ni sangrías ni correcta puntuación. De cuando escribía sobre vos.


Ninguno de los dos simpatiza con tachar lo que no corresponda sacar número batir antes de servir cortar sobre la línea de puntos dormir de noche esperar a ser llamados. Simpatizo, si, con el deseo de compartir más noches sentados en algún banco por Boulevard Oroño con el pasar de mujeres que caminan durante cuadras resguardándose del revoloteo de los murciélagos con sus maletines o carteras, de ciclistas que sólo cantan a los gritos por la noche cuando nadie los ve, de algún perro que sacó a pasear a su dueño por que le vio cara de querer escapar de su casa. Mucho me gustaría poder estar, no ser ausente, regalarte hojas en otoño besos azules todo antes de que cruces el umbral de la puerta de mi casa. Debe ser un loco orden secreto que vino de otros mundos que te puso ahí ahí donde no pensé jamás que te cruzaría. Te quiero enseñar a caminar mirando únicamente para arriba viendo como el sol se filtra en la hojas de los árboles a mirar películas a las 9 de la mañana a creer en el frío de Julio como en pocas cosas.  Debe ser que una vez me miraste con cara de niño admirando, miedoso, una grúa gigante y me encuentro con que te digo que me voy que el azar nos mezcló me puso una bala en la sien con un beso tuyo y que no, no habrá cotidianeidad para nosotros, aunque mi deseo de dormir todas las siestas con vos, sea más fuerte. Siestas que serán en el suelo, y si no te gusta verme en el suelo entonces será en una cama abierta al infinito, te quiero despeinar las cejas, enroscar mis piernas largas en las tuyas, ver cuando te estás por dormir y pasas tu lengua por tus labios; mientras suenen los nocturnos de Chopin y tengamos a mano una ventana llena de estrellas aunque sea de tarde. Vení, deja tu mano en la mía un rato largo, sentémonos a esperar la noche festejarla entre humos y miradas, esos ojos tuyos parecieran acoger un universo adentro y que me quiero tirar a nadar en ellos muchos lunes muchos domingos calurosos en los que no hay ni una sombra ni una cerveza fría ni un disco de Gustavo para viajar al fresco alivio en este denso verano en la ciudad. Tendré mis espacios llenos de ganas de compartirlos con vos, y al mismo tiempo tendré una distancia llena de kilómetros, y pienso vaciarlos sobre algún arroyo desde un puente sostenido por una fuerza invisible que se debilita cada vez que me acuerdo de los lunares de tu cara. Se que los voy a recordar con frecuencia cuando vos no me recuerdes a mí. Ya estoy envidiando a quien se apropie de ellos en mi lugar.