martes, 22 de abril de 2014

Donde termina tu cuerpo y empieza el cielo, no cabe ni un rayo de luz.


Tengo los ojos secos, no se me caen los mocos, pero estoy llorando desde que te diste la vuelta ese martes en la puerta de tu casa, después del beso apurado como tantos otros besos apurados tuyos, quise darte un abrazo fuerte y casi meterte adentro mío pero no lo podrías sentir del todo por que estabas apurado, pensando en como poder apurarte más para darte la vuelta. Con enojo. Con silencio. Yo pensaba en qué beso de mierda, no por que tus besos lo sean, si no por que era el último. Dejarte. Dejarnos todo el tiempo. Y no. Y estar y no estar. Dí cuenta de que es la primera vez que siento lo que es realmente extrañar. Es mi primera vez. Te extraño. Que si se destapas al dormir, que si tenes frío, que si fumas mucho, que te hace mal, si hay otras cosas que te hacen mal, si necesitas un abrazo y un beso y nadie te lo da, o sí, y ahí morirme de rabia de no ser yo quien te lo de, de no presenciar todo tu ritual de mañanas: radio, mate y apuro. De extrañar hasta el cansancio tu chocolatada tu cama en invierno llena de abrazos, motonetas y cosquillas de bigote. 
Hoy estoy triste, enojada, que por qué carajo las personas entran y salen de la vida de uno, y hay que andar quedándose o yéndose, riendo y llorando, y cuando te toca llorar ahí te quiero ver, qué bajón. Que tristeza y qué lástima. Qué pava. Y vos todo tan lindo, tan atento y caballero, me haces tan feliz y tanto bien. Haría fiaca cinco siglos con vos. Cuando nos lamentábamos no haber nacido burgueses, y que no queríamos ir a trabajar, que trabajar nos separaba, nos sacaba de ese tiempo y ese paraíso que recreábamos con chocolates y libros. A veces un cuento de Poe, a veces un canto de la Odisea. Episodios de Alicia en el país. Gemidos y orgasmos. Apareciste en mi joven vida, cantando tangos y diciéndome bicho canasto. Cómo no me voy a morir del amor, boboncho, si sos tan fanático del matecocido con leche y mucha azúcar como yo. Y que sea de colador, nada de saquito. Ahora me voy sin quedarme, me voy como quien se va, pero de tu ciudad. Estamos juntos. Cerca. Muy cerca. Pero te voy a esperar por mucho tiempo, como te esperaba antes de que me vinieras a decir con las manos en los bolsillos de una campera color negro y cara de tonto tímido, que me veías pasar por calle Corrientes, veranos e inviernos. Que compraba bizcochitos 9 de oro, me dijiste. Que compraba leche un domingo a la mañana. Que siempre me mirabas la espalda por que te gustaba. En la época en la que yo no dormía y empece a dormir con vos. De saber que nos dormíamos hablando, que a fuerza de empujones te tenía que enviar al mundo de los no-roncadores. En la que sólo conciliaba el sueño si me abrazabas. Cuando no sabía que me gustaban tanto los abrazos y los besos. Que me diste un millón de besos en la espalda después. Con la que casi te llegaste a obsesionar. 
Ahora camino y te busco, con la emoción de saber que te voy a cruzar en alguna calle. Y al mismo tiempo con el miedo de encontrarte. De que existís más allá de mí. Que sos real. De que existís, vas todos los días a ese trabajo que más de un día a la semana no bancas, que vas a clase de inglés y haces la tarea con dedicación de niño ñoño, que vas a remar, con lo que te gusta, te escapas al río a dejar que se hagan agua con ese agua todos tus tormentos, que haces todas esas cosas que yo no presencio. Y hablando de tu existencia, que fuerte, me hiciste sentir no haber nacido más de una vez, que aún así me hiciste un lugar en tu patio y en tus días de ventanas abiertas y chamamé, y de tus noches de lluvia y poesía. 
¿Que si te extraño? Sí, mucho. Todos los minutos del día. Sonrío estúpida. Enamorada. Te quiero.