jueves, 9 de enero de 2014

Ni párrafos ni sangrías ni correcta puntuación. De cuando escribía sobre vos.


Ninguno de los dos simpatiza con tachar lo que no corresponda sacar número batir antes de servir cortar sobre la línea de puntos dormir de noche esperar a ser llamados. Simpatizo, si, con el deseo de compartir más noches sentados en algún banco por Boulevard Oroño con el pasar de mujeres que caminan durante cuadras resguardándose del revoloteo de los murciélagos con sus maletines o carteras, de ciclistas que sólo cantan a los gritos por la noche cuando nadie los ve, de algún perro que sacó a pasear a su dueño por que le vio cara de querer escapar de su casa. Mucho me gustaría poder estar, no ser ausente, regalarte hojas en otoño besos azules todo antes de que cruces el umbral de la puerta de mi casa. Debe ser un loco orden secreto que vino de otros mundos que te puso ahí ahí donde no pensé jamás que te cruzaría. Te quiero enseñar a caminar mirando únicamente para arriba viendo como el sol se filtra en la hojas de los árboles a mirar películas a las 9 de la mañana a creer en el frío de Julio como en pocas cosas.  Debe ser que una vez me miraste con cara de niño admirando, miedoso, una grúa gigante y me encuentro con que te digo que me voy que el azar nos mezcló me puso una bala en la sien con un beso tuyo y que no, no habrá cotidianeidad para nosotros, aunque mi deseo de dormir todas las siestas con vos, sea más fuerte. Siestas que serán en el suelo, y si no te gusta verme en el suelo entonces será en una cama abierta al infinito, te quiero despeinar las cejas, enroscar mis piernas largas en las tuyas, ver cuando te estás por dormir y pasas tu lengua por tus labios; mientras suenen los nocturnos de Chopin y tengamos a mano una ventana llena de estrellas aunque sea de tarde. Vení, deja tu mano en la mía un rato largo, sentémonos a esperar la noche festejarla entre humos y miradas, esos ojos tuyos parecieran acoger un universo adentro y que me quiero tirar a nadar en ellos muchos lunes muchos domingos calurosos en los que no hay ni una sombra ni una cerveza fría ni un disco de Gustavo para viajar al fresco alivio en este denso verano en la ciudad. Tendré mis espacios llenos de ganas de compartirlos con vos, y al mismo tiempo tendré una distancia llena de kilómetros, y pienso vaciarlos sobre algún arroyo desde un puente sostenido por una fuerza invisible que se debilita cada vez que me acuerdo de los lunares de tu cara. Se que los voy a recordar con frecuencia cuando vos no me recuerdes a mí. Ya estoy envidiando a quien se apropie de ellos en mi lugar.