martes, 11 de enero de 2011


Ya sé
que tengo que sobrevivir, como si nunca hubiera compartido contigo la primavera y no prestarme más al juego cruel de tus labios, de tu risa, de tus ojos.



martes, 14 de septiembre de 2010

Epigrama con muro, M Benedetti



Entre tú y yo/mengana mía/ se levantaba
un muro de Berlín hecho de horas desiertas
añoranzas fugaces
tú no podías verme porque montaban guardia
los rencores ajenos
yo no podía verte porque me encandilaba
el sol de tus augurios
y no obstante solía preguntarme
cómo serías en tu espera
si abrirías por ejemplo los brazos
para abrazar mi ausencia
pero el muro cayó
se fue cayendo
nadie supo que hacer con los malentendidos
hubo quien los juntó como reliquias
y de pronto una tarde
te vi emerger por un hueco de niebla
y pasar a mi lado sin llamarme

ni tocarme ni verme
y correr al encuentro de otro rostro
rebosante de calma cotidiana
otro rostro que tal vez ignoraba
que entre tú y yo existía
había existido
un muro de Berlín que al separarnos
desesperadamente nos juntaba
ese muro que ahora es sólo escombros
más escombros y olvido.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Te perdono los cientos de razones los miles de problemas, en fin, te perdono no amarme.

Lo que no te perdono es haberme besado con tanta alevosía.

viernes, 7 de mayo de 2010

jueves, 6 de mayo de 2010

I have no faith in human perfectability. I think that human exertion will have no appreciable effect upon humanity. Man is now only more active - not more happy - nor more wise, than he was 6000 years ago.

E. Allan Poe

lunes, 29 de marzo de 2010


















Chaos and Creation in the backyard







{"De que desastre me salve? En buena hora me solté, y en un segundo me encontré en tu orbita, Extasiándome..."}

miércoles, 17 de febrero de 2010


LO PEOR DEL AMOR, Joaquin Sabina

Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…

miércoles, 10 de febrero de 2010

Joaquinito


"A ti que me has ganado con un naipe marcado la partida, a ti que te has colado en el coto privado de mi vida. A ti que aun no sabes los besos que te caben en la boca, a ti que has comprendido que a veces el olvido se equivoca, a ti que has preferido vivir como si nada fuera eterno, a ti que que has compartido conmigo una almohada en el infierno.."

miércoles, 9 de diciembre de 2009

A L L M Y L O V I N G !






Les tengo más amor que Mafalda. Se más de ellos que Badia.
Tengo esa pasión obsesiva e incurable: Ellos Cuatro.
Y qué me importa no poder haberlos vivido como otros? Yo siempre los seguí desde donde soy, desde donde estoy.
Y es amor a sus historias, a sus defectos, a su revolución, a su psicodelia, a sus creaciones; obras maestras, inolvidables para el mundo.
Y cada vez que escucho una canción, es tan enorme el agradecimiento a la vida de aquella vez, cuando a los 10 años, haber escuchado a mamá tararear Something, y de ahí en adelante, nunca más abandonarlos. Soy una más en millones y millones. Sé que comparto esto con billones de seres humanos. Lo que hicieron es una genialidad, ninguna banda superará semejante manía generada en sus fans. Por que además de música, hicieron historia.
Y no no me imagino que hubiese pasado si nunca los hubiese escuchado por primera vez. Y cada una de sus canciones me recuerda a algo/alguien.
Y cada sonido emitido por ellos me llega tannnto. No es una exageración, un día como hoy, puedo decir que son parte de mi felicidad. Me sacan una sonrisa atrás de otra.

Melodías mas graciosas nunca escuché, y una frase más pura que ALL YOU NEED IS LOVE, tampoco.. Y más cierta, imposible!
Son amor eterno. E ter no.

martes, 24 de noviembre de 2009

Si me das tu amor.

Si me das tu amor ya no quiero más que eso,
si me das tu amor todo el resto se puede olvidar.
Si se oculta el sol me ilumina el gusto de tus besos, si se oculta el sol en tu cuerpo volverá a brillar. Cuando estás conmigo todo lo que digo ya está de más, todo lo que es triste para mi no existe queda atrás. Si no es de a dos veo al mundo andando en retroceso, si no es de a dos los relojes pierden el compás. Cuando estamos juntos ya no pregunto por qué luchar. Todo asunto serio es menos que el misterio de tu mirar. Cuando estás conmigo todo lo que digo ya está de más, todo lo que es triste aunque sé que existe puede esperar. Si me das tu amor ya no quiero más que eso, si me das tu amor todo el resto se puede olvidar. Si me das tu amor ya no quiero más que eso, si me das tu amor no hay más nada que pueda desear.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Carta a una señorita en París

La bibliotecaria de la escuela (Mi querida Lili) dijo que leyera a Cortázar, que me iba a gustar mucho. Bueno, me prestó Bestiario en un recreo y sólo leí este cuento por que me gustó el título. Gracias Lili (ni vas a leer esto, ja) puede que nunca jamás olvide esta lectura.



ANDREÉ, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro —quizá, con suerte, tres— cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aun—que yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija—ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pudee me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches —sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches— y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano —yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo—; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos —un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses—, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro —no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha—. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡ Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vaina esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa —usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos— y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido —en su infancia, quizá— que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón —porque Sara ha de ser así, con camisón— y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora — En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes —no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


lunes, 7 de septiembre de 2009

Fin de los Beatles ¿Por qué se separaron?



- Lennon fué asesinado en 1980. McCartney, Harrison y Starr volvieron a reunirse como los Beatles en 1990 para terminar de grabar canciones inconclusas de John Lennon para The Beatles Antologhy. Harrison murió de cancer en 2001. Paul McCartney, con la ayuda de Lee y John Eastman, se convirtió en el hombre más rico del mundo de espectáculo, y Linda McCartney murió de cancer de pecho en 1998.

¿Esto les suena a historia de amor? ¿El amor deja de ser amor según cómo termine la historia? Quizá podría ser así, aunque los finales nunca alcanzan para borrar la historia; lo más común es que la fijen.

La historia de los beatles fue siempre de algún modo más grande que los Beatles como banda e individualmente: fué la historia de una época, de una generación que buscaba nuevas posibilidades. Fue la historia de lo que ocurre cuando esas posibilidades se materializan, y se lo que sucede cuando las mejores esperanzas se desintegran. Sí, fué una historia de amor, y el amor casi nunca es sencillo. Porque por más que los Beatles se hayan amado a sí mismos como grupo, el mundo que los rodeaba siempre los amó más. Ese amor fue lo que, más que ninguna otra cosa, elevó a los Beatles, pero también lo que los hizo sentirse encerrados, hasta el punto de no poder soportarlo. John Lennon, en particular, sintió que tenía que acabar con ese amor, y a Paul McCartney, en particular, le dolió enormemente verlo desaparecer. Sin embargo, una vez que aquello sucedió, ya no había vuelta atrás. Lo que nos queda de ese amor, cada uno de sus maravillosos frutos, nos sigue acompañando; pero las personas que lo hicieron posible tambi´ñen lo destruyeron, y nunca terminaron de recuperarse por completo de aquella experiencia. "Fué hace tanto tiempo", dijo años más tarde Harrison. "A veces me pregunto si realmente estuve ahí, si no habrá sido todo un sueño."

Los cuatro estuvieron ahí y todo fué un sueño.
Nos elevó, nos rompió el corazón y aún continúa; y quizá nunca nada semejante vuelva a transformar una época.


Rolling Stone Septiembre 2009 - Edición Homenaje

martes, 1 de septiembre de 2009

Song...

*

Con el mismo dedo que te toco el timbre puedo presionar tu herida. Con la misma mano que te acaricio yo puedo meterte faca. Con la misma que digo mamá, puedo anular tú autoestima. Con el mismo empujón que te ayuda a crecer, puedo tirarte de la hamaca. Y así lastimarte, cortarte las piernas, llenarte de miedos, hacer que no quieras ganar este juego que tanto vale la pena. Yo puedo asfixiarte, reducirte a cero, hacer que no quieras sacarte el sombrero ante este milagro que algunos llaman vida. De la misma forma que hago una revolución te hago un golpe de estado. Del fernet puedo ser un curda feliz o ser víctima y victimario. De la manipulación yo puedo hacer el bien pero también maldades. De paso cañazo que no doy por dar te quito posibilidades. Y yo acá re puesto explicando que es esto de que los opuestos que están dentro nuestro, si bien son opuestos, también son complementarios. Dentro mío bailan Hitler y Mahatma, Buda y Zorba el griego, Mariano Grondona y el Diego, el amor y el dinero, dolina y el mono Mario. Para hacerme responsable de mis facultades asesinas sufro y muero. Para reírme hasta el llanto cada tanto lloro hasta reírme a pleno. Para mí que menos, más, mejor, peor, muy, tan son trampas de la mente. Para mí que clasifica lo inclasificable porque teme a la muerte. Somos cielo y tierra, agua, fuego, tristeza, alegría, consuelo, franqueza, placer, agonía, soy sueño y desvelo, quilombo y armonía. Si no pongo el freno, a mi mente no estoy el presente, mi cuerpo no siente, estoy como ausente, casi trasparente, como quien dice demente. Hasta cuando sin corazón por el qué dirán sobre nosotros según mi opinión vivir bajo un pulgar no te deja vivir tras algo profundo. Antes de derrocar el perdón desde la nada, voy hacia el todo, del todo a la nada. Me tomo alcohol y haciendo cambio el mundo. A la circunstancia la boicotea el tiempo, a las importancias los miedos.

domingo, 9 de agosto de 2009

PorqueSí.

Que pereza me da existir. Tratar, intentar, esforzarse en ser algo. Alguien.

Hay días en que no quisiera tener forma. Que no quisiera ser tangible, física, palpable, visible.
Hay días en los que existir significa esforzarse en ser algo que no querés ser.

Sonreír cuando no tienes ni la más miserable gana, caminar cuando no tenes fuerzas, hablar de algo cuando por tu mente no queres que pase nada de nada.

Pensar agota. Me fatiga. Que los pensamientos, las meditaciones, las ideas, las imágenes del pasado se filtren por los recovecos de mi cerebro. Como mirar una película muy mala por obligación.

Hay días en que no quiero sonreír pero tampoco llorar. De esos en que no querés hablar pero no es que estés enojada o algo similar. En que no querés estar acá pero tampoco allá.

Hay días en que ser invisible es una ventaja. No existir para nadie. No ser parte de nada. Diluirse. Borrarse. Desaparecer.

Dejar de existir no es tan romántico como suicidarse. No querer ser es algo más práctico que tomar 40 pastillas con whisky. O cortarse las venas con una gillette. O meter la cabeza en el horno.

Dejar de ser es algo más complicado que tirarse desde el décimo piso de un edificio, o tirarte abajo de un camión.

Dejar de ser es pausar algo que está en movimiento. Es no soportar que el mundo siga girando, siga respirando, siga dando vueltas insensatas que no paran, que nunca paran. Es ese movimiento, esa luz, esa vida la que abruma. Tanto.

Dejar de existir es pararse a mirar el mundo en movimiento y que no importe que uno se quede atrás, relegado por esa máquina que no para de girar sin interés en que uno esté subido en esta o no.

Y porque Sí, vuelven los días grises. Y porque Sí, hoy quiero 'No ser'.

Ah, y feliz día del niño.

domingo, 26 de julio de 2009

Love story

El hombre que talló por amor 6000 escalones

Esta tarde paveando con mi vieja en internet, encontramos algo. Algo que leerlo me te hace pensar en lo lindas que son las mariposas cdo te revolotean en las entrañas por ESA persona. Una historia para confiar en la naturaleza. En la condición y la capacidad de la raza humana. De amar hasta que te explote el corazón. Para seguir creyendo en la existencia de el amor en el mundo. Esta es la historia de una pareja china que se entregó de por vida al amor prohibido dejando huellas imborrables del amor gigante que se tuvieron.

La historia se remonta a hace más de medio siglo cuando Liu Guojiang que tenía 19 años de edad, se enamoró de una mujer de 29, madre y viuda llamada Xu Chaoqing. En ese momento, era inaceptable e inmoral para un hombre joven y chino amar y convivir con una mujer mayor y con hijos. Para evitar el mercadeo de chismes y curiosidades, la pareja decidió irse a vivir a una inaccesible cueva en Jiangjin County en Chongqing, suroeste de China.

Perdida entre las montañas, y a salvo de críticas de familiares, amigos y vecinos por las diferencias de edades y las condiciones de sus respectivas vidas, la pareja padecía las condenas a su amor y Liu, en un heroico acto decidió construir un refugio muy artesanal para mantenerse ambos alejados del caldo de reproches.

En un principio, no tenían nada, ni electricidad o incluso nada que llevarse a la boca excepto sus propios labios. Tenían que comer hierba y las raíces que encontraban en la montaña, y Liu fabricó artesanalmente una lámpara de queroseno que utilizaron para iluminar sus vidas.

La vida fue muy dura y Xu sintió que había atado Liu y le preguntó en varias ocasiones, “¿te arrepientes?” a lo que Liu siempre respondió, “Siempre y cuando seamos positivos, la vida va a mejorar”. (ese optimismo tan oriental)

El camino hasta su recóndito hogar era muy complicado, paraje virgen y escarpados riscos conducían a una pequeña cueva donde firmaron sus mejores años. Al principio y debido a la dificultad, era sólo Liu el que bajaba de vez en cuando para casos de necesidad extrema elegando a Xu a la soledad de 2 intensas jornadas cuando marchaba su marido del hogar.

El “detalle” que Liu dedicó a su amada se fraguó a partir del segundo año, y durante más de 50. Liu decidió tallar, poco a poco y con sus propias manos los escalones necesarios para salvar los 1550 metros de desnivel de la montaña y así facilitar la bajada de su mujer.

En 2006, su historia se convirtió en la mejor historia de amor de China (premio de una importante publicación). El gobierno local decidió preservar la “escalera del amor” y el lugar donde vivió la pareja como un museo, para que esta historia de amor pueda ser recordada para siempre.

El premio por la historia fue recibido por uno de los hijos del los “modernos” Romeo y Julieta, Liu Mingsheng, quien acudió a la ceremonia con una pequeña y curiosa lámpara de queroseno hecha con un frasco de tinta por su propio padre. Liu hijo explicó que las lámparas caseras de queroseno han sido la única manera en la que sus padres han “iluminado” su amor refugiados en la montaña, y explicó que éstos no estuvieron presentes en la ceremonia de premiación debido a su avanzada edad.

“Mis padres han vivido recluidos por más de 50 años por el amor que se tienen. No tienen electricidad y mi padre hacía lámparas de queroseno para iluminar nuestras vidas”, dijo el hijo de los apasionados amantes de Chongqing.

Alejados del mundo y la civilización, Liu y Xu formaron su propia familia y tuvieron hijos y como en los cuentos de hadas, vivieron felices desde entonces en su original refugio, en el que permanecen juntos a pesar de su avanzada edad hasta principios de este año , cuando Liu murió en brazos de su mujer amada, en su hogar de siempre…después de una jornada de labores en el campo.

:')
y ahí decis, algún día voy a creer en la frase "Pero el amor es más fuerte" y voy a comprender un "All you need is love"
No pretendo que tallen 6000 escalones en una montaña por mi, pero ojalá encuentre esa persona que me acepte por lo que soy, lo que deje de ser y lo que seré.

lunes, 6 de julio de 2009

Llora llora, la llorona -.-

Lloré dos días seguidos. Cómo hacía tanto tanto que esto no pasaba, lo tomé como algo rarrro.
Hiciera lo que hiciera, me sentara en la pc y lloraba, me pusiera a leer y perdiera la concentración y lloraba, me tirara en el sofá bien tarde a ver television, hasta que me adormecían los programas aburridos que pasan a las 12 de la noche. Finalmente apagaba el aparato, me acomodaba en mi cama, me tapaba con todas las cosas que llevo puestas encima de las sábanas, y cinco minutos después empezaba a llorar.
Nada podía parar ese llanto. Era impredecible y no sabía bien porque venía. Las lágrimas corrían, junto con un ..jadeo que podía ser confundido con una risa anormal, mi casa arrugada, mi nariz roja roja, y mis ojos chiquitos. Todo al mismo tiempo, y yo sin explicarme porque mierda se producía ese fenómeno, tan denso y amargo. No es que haya estado bien, feliz y contenta, y de la nada me hubiese puesto a llorar como una maricona. Como la verdadera maricona que soy.
Habían sido unos días tristes, Supongo que X situaciones anteriores desataron un sentimiento terrible en mi, (aunque intenté bloquearlo durante un buen rato, para que mi mamá no se preocupe por mi y no vaya a hacerme la preguntita de, ¿por qué llorás? -.-)
Me puse a llorar por eso supongo, pero la siguiente noche, ya mas tranquila y fuera de todo el drama que realice en mi mente, hice el mismo ritual de siempre. Me metí en la cama y traté de dormir. Igual, mientras escuchaba música para no pensar, el nudo en la garganta volvió y las lagrimas empezaron a brotar y nueeevamente empezó el llanto, la tristeza, la conmiseración.
Hoy me di cuenta de algo esencial. Que cada vez que me guardo de decir algo o sentir algo, mi cuerpo reacciona. Me dice, con ese llanto repentino sin sentido, que necesita "desaguar" por algún lado, necesita sacar esa mala energía. Yo que siempre me había creído fuerte por aguantar ciertos golpes con firmeza, ahora entiendo que guardarse algo es de lo peor. Aunque también se que se manifiesta en diferentes lugares del cuerpo.
Siempre me guardo todo. Lo que me da alegría y lo que me da la más grande de las tristezas. Soy como una caja envuelta en miles de papeles de regalo, interminables. Me escondo todo el tiempo. No se si soy fuerte por no decir lo que siento. No se si guardarme cosas me ayuda realmente.
Lloré dos días seguidos.
Cuando terminaba de llorar sentía un alivio enorme y no tardaba en cerrar los ojos, quedarme dormida, como si con el llanto todos mis problemas, todas mis preocupaciones se hubieran diluido.
(amanecer-)


Todavía no usé mi milagro de hoy
(que corta es la vida, mi amor!)
No voy a buscar mas consuelos tontos
si pasa algo malo esta vez.
Te voy a buscar, en la oscuridad
Yo no sé si pueda volver a encontrarte, amor
si Dios no me quiere en tu eternidad
Sueño con que duermo, no lleno mi tumba aún
y un poquito tarde ésta vez se va a hacer…
Y mientras tanto el sol se muere, y no parece importarnos…
Mientras te quiero el sol se apaga, y si Dios queda en nada o no existe
te amaré mucho más.
Te voy a encontrar, en la oscuridad
Algún día, pronto, una de mis vidas
va a intentar matarme y lo vá a lograr ..

domingo, 5 de julio de 2009

- I never expected to be anybody important.
Elvis